¿Recuerdas una palabra, o una frase que te «hizo el día»? Esas caricias de letras voladoras que simplemente te encienden, te levantan, te motivan…Pueden pasar años, sin embargo, el impacto de ese sutil toque de palabras quedará grabado en tu mente y emociones para siempre. Igualmente pasa con esas frases o palabras desconsideradas, que se sienten como latigazos espinosos que hieren y duelen hasta lo más profundo.

Las palabras tienen poder, ¿sabes? Como la dinamita, pueden ser usadas para abrir caminos, y conectar o para destruir y separar.

Una palabra puede cambiarte el día o cambiárselo a alguien más para bien o para mal. Piensa en eso. Usamos las palabras tan ligeramente, como al pasar, que no nos damos cuenta de su potencial verdadero y, por consiguiente, no aprovechamos del todo esa capacidad increíble.

Una palabra puede ser una gotita de rocío en el desierto emocional de una persona, o puede ser una espina aguda y penetrante en el corazón sensible de otra, o puede ser la chispa que encienda la motivación de alguien que perdió las ganas, o puede ser la brújula para quien perdió el norte y no sabe qué camino tomar. Hasta puede ser el motivo, el único motivo que necesite una persona para continuar apostando por la vida. ¡Quién sabe!

El silencio

Decía Jorge Luis Borges “No hables, a menos que puedas mejorar el silencio”. El silencio puede ser tan contundente y ensordecedor como un buen discurso, o tan agresivo como una bofetada.

En silencio otorgamos aquello que no nos atrevemos a aprobar con palabras. Nuestro silencio termina poniendo en manos del otro, decisiones que, por temor, dudas o inseguridad no nos atrevemos a tomar. En silencio hacemos saber y sentir nuestro disgusto y desaprobación. En silencio dejamos entrever un mundo de opiniones al respecto de lo que nos están contando o preguntando, pero no tenemos el coraje de hacernos cargo de las consecuencias de ser sinceros y expresar lo que pensamos. El silencio puede ser la mayor muestra de prudencia, respeto y benevolencia, o una declaración abierta de indiferencia, desamor, o falta de interés.

El silencio no es neutro. Puede parecer, como en el juego de naipes, un “comodín” que colocamos rápidamente en momentos de apuro para salvar situaciones sin comprometernos demasiado, o sin provocar discusiones, pero habla fuerte y claro, y sin lugar a dudas puede salirnos caro.

En ocasiones el silencio suele ser “la palabra justa”, pero debe ser usado con mucha cautela. Porque corremos el riesgo también de que nuestro silencio sea mal interpretado, o sea interpretado de acuerdo a la conveniencia, necesidad, percepción del interlocutor, y en ese caso estaríamos diciendo sin querer y sin pronunciar palabra, algo totalmente contrario a nuestros valores y principios. El silencio es un arte tan poderoso como las palabras. Un arte que se aprende muchas veces luego de haber vivido las amargas consecuencias de usarlo descuidadamente.

Tiempo de hablar y tiempo de callar

¡Tanto para decir de las palabras y del silencio! Como hermanos mellizos son inseparables, y se complementan mutuamente. Seguramente tú conoces, como yo a personas que hablan sin parar, de una manera que cuesta creer. No te dejan ni pasar un aviso. Jamás se enteran de lo que uno piensa porque no dejan espacio para opinar ¿Te ha pasado? Y hay otras que no hablan ni por dinero.

Nosotros mismos tenemos momentos de hablar despreocupadamente y otros de retraimiento. Personalmente tengo esas ambivalencias, y confieso que me siento insegura cuando hablo despreocupadamente. ¿Por qué? Porque por experiencia sé que puedo decir cosas de las cuales me arrepiento más tarde.

La Palabra de Dios dice claramente en Eclesiastés 3: 7 que hay un “…tiempo de callar, y tiempo de hablar”. La pregunta es: ¿Cuál es el momento de cada cosa? ¿Cuándo conviene callar, y cuando es necesario hablar? No es tan fácil discernirlo.

Tiempo de callar:

  • Cuando tu interlocutor tiene mucha necesidad de hablar y por lo tanto no está preparado para escuchar.
  • Cuando lo que tienes ganas de decir ofende, hiere, o es sobre alguien que no está.
  • Cuando los ánimos están tensos y una palabra provocaría discusiones.
  • Cuando no te pidieron opinión.

Tiempo de hablar:

  • Cuando te piden opinión.
  • Cuando te preguntan ¿Cómo estás?
  • Cuando alguien no puede defenderse solo.
  • Cuando estás frente a una injusticia y tu silencio la aprobaría.
  • Cuando un amigo comete una falta, y hablarle con amor y tacto a tiempo puede evitar males mayores.
  • Cuando ves el peligro y la persona que va a ser afectada no lo ve.

Con la ayuda de Dios podemos tener la sabiduría necesaria para usar bien ambas puntas del lenguaje hablado, palabras y silencios.

La palabra justa

Recuerdo una mujer de mediana edad que tenía una característica muy particular que llegué a admirar muchísimo.  Solía participar en reuniones de equipos de trabajo donde se discutían proyectos, procedimientos, métodos, y se evaluaban los proyectos ya realizados para posibles mejoras.

Todos los participantes levantaban la mano con insistencia, daban su opinión con entusiasmo, hacían sus propuestas en un ambiente muy animado, alegre y distendido. Ella solía sentarse al fondo, en completa calma. Observaba, escuchaba, callaba. Cuando todos habían dado su opinión acerca del tema en cuestión, recién en ese momento ella pedía la palabra sin ningún apuro, y hablaba. Y cuando lo hacía era tan certera en sus consideraciones que todos quedábamos convencidos de que era el camino a seguir. Ella siempre daba en el clavo.

¿Cuál era su secreto? Como un arquero diestro y experimentado, ella observaba, respiraba suavemente, acomodaba cual flecha sus palabras, apuntaba al blanco, disparaba en el momento oportuno y acertaba en el punto exacto. Su secreto era usar más la cabeza que la boca. Pensar antes de hablar. Tomarse el tiempo de evaluar detenidamente todas las opciones. No apresurarse. Elaborar mentalmente su discurso de tal manera que cuando pase por su lengua sea la palabra justa, ni más ni menos. Cuando yo participaba de esas reuniones de planificación sabía que la opinión más aplomada, pensada, certera vendría al final, cuando ella hablara, dando el toque justo, como la fresa del pastel. ¿No te gustaría tener la misma habilidad?

¿De qué hablar?

Un problema frecuente que inhibe a muchas personas a la hora de interactuar a través de la conversación con personas con quienes se tiene poca confianza, o que recién se está conociendo es ¿de qué hablar?

Con un amigo o familiar usualmente no nos falta tema, porque tenemos conocidos en común, tenemos vivencias, recuerdos que fácilmente se pueden sacar del baúl de los recuerdos. Sin embargo, cuando queremos conocer mejor a alguien a veces nos bloqueamos. Y una de las razones por la que nos bloqueamos es la incomodidad del silencio. Sentimos que hay que tapar ese silencio con algo. ¿No te has sentido por lo menos una vez como en falta si te quedas callado, y la otra persona también?

En el afán por salir del apuro se suelen cometer algunos de estos errores:

  • Hablar demasiado de uno mismo.
  • Hablar de los demás, y no en el mejor de los sentidos.
  • Hacer un monologo sobre un tema que nos interesa a nosotros.

¿Cuál es el problema de esto? Ninguna de estas opciones me conecta con mi interlocutor. Simplemente lo uso de pantalla para expresarme. Si ese es tu objetivo, adelante. Pero, si tu objetivo es conectar, generar relación, conocer a tu nuevo amigo, debes buscar otra estrategia.

Personalmente encuentro una gran ayuda en las preguntas abiertas que apuntan a conocer mejor a mi interlocutor: Esas preguntas tienen que ver con gustos personales, pasatiempos, profesión, familia, opiniones. Esto suele generar dialogo, manteniendo siempre como base los límites de la discreción y el respeto mutuo. Verás que escuchando con atención se suelen encontrar puntos en común, y eso estrecha lazos de manera sorprendente.

Las PALABRAS son PODEROSAS. Dios nos ayude a usar sabiamente, con prudencia y delicadeza esa herramienta de comunicación, que cual dinamita abra caminos, conecte y me libre de usarlas de manera destructiva con o sin intención de hacerlo.

El silencio también es poderoso, tanto como las palabras. Aprendamos a usarlo con discreción cuando haga falta, y romperlo cuando sea necesario.

Y ojalá adquiramos el hábito de pensar cuidadosamente antes de hablar, a hablar con precisión, sin derroche de consideraciones sin sentido, y que el resultado final sea siempre de bendición.

Manzana de oro con figuras de plata

Es la palabra dicha como conviene.

proverbios 25: 11

Lore Burgos

Mi nombre es Lidia Lorena Burgos. Soy Licenciada en Psicología General. De nacionalidad argentina. Felizmente casada hace 26 años y madre de 4 hijas maravillosas de 26, 22, 18 y 14 años. Actualmente resido en la Provincia de Neuquén, Argentina. Me apasiona escribir artículos, trabajar en radio, y brindar charlas educativas a la comunidad en mi área. Mi motivación es el servicio y mi lema "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece". Filipenses 4: 13

2 commentarios

Laura · 02/04/2021 a las 5:24 pm

Hola Lorena… espero que te encuentres bien. Quería decirte que me encantan tus publicaciones…pero la de «Las palabras tienen poder» realmente está muy buena y práctica. Gracias por compartir 🙋🏻‍♀️

    Lore Burgos · 05/04/2021 a las 3:24 pm

    Gracias Laura. Es bueno saber eso. Gracias a vos por leer y dejar tus comentarios. Bendiciones.

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