Padecer depresión no es exactamente de esas cosas que uno desee presumir. Es más, si nadie se entera, tanto mejor. Esta es una de las razones por las que hacemos hasta lo imposible por mantener en el anonimato a esta compañera no invitada, o en lo posible disimular a este monstruo que viene arrasando desde hace años un gran porcentaje de la sociedad de todas las edades y contextos socioculturales.

La conocí por primera vez en el cuerpo viejo y pesado de mi abuelita, una mujer de armas tomar, pero que a sus setenta y largos había perdido las ganas, la actitud decidida que la caracterizaba. La volví a ver en la figura macilenta de mi madrecita, cuando sonrió extasiada al verme nuevamente luego de varios meses de ausencia. Sonrisa que se enmarcaba extrañamente en un rostro triste, sin vida. Recuerdo que cuando la abracé sentí temor de romperla de tan frágil. Y me volví a encontrar con ella el año que falleció mi madre, cuando yo tenía treinta y un años. ¡Cómo me costó esa pérdida! Fueron meses de no poder cantar ningún himno cristiano conocido sin llorar, porque todo me recordaba a ella. Fue más o menos por ese entonces que esta intrusa atrevida, la depresión, llegó para instalarse como dueña y señora de mi vida. Bueno, eso pensaba ella y eso me hizo creer a mí.

El caso es que con síntomas como: llanto recurrente, desgano, apatía, anhedonia, falta de energías, falta de apetito, perdida de interés en actividades y labores que me gustaban normalmente, negatividad, irritabilidad, desánimo, así llegué al consultorio médico, y con una receta de antidepresivos salí de allí.

El dulce cantor de Israel ya experimentaba algo parecido alrededor de mil años antes de la era cristiana. En varios de sus salmos dejó plasmadas palabras como estas con las cuales expresaba su quebranto:

«Jehová, escucha mi oración, Y llegue a ti mi clamor. No escondas de mí tu rostro en el día de mi angustia; Inclina a mí tu oído; Apresúrate a responderme el día que te invocare. Porque mis días se han consumido como humo, Y mis huesos cual tizón están quemados. Mi corazón está herido, y seco como la hierba, Por lo cual me olvido de comer mi pan. Por la voz de mi gemido mis huesos se han pegado a mi carne. Soy semejante al pelícano del desierto; Soy como el búho de las soledades».

Salmos 102: 1-5

Una vívida expresión de síntomas depresivos, ¿cierto? Evidentemente esta afección no es nada nueva, sin embargo hoy en día afecta más que nunca por las condiciones de vida que enfrentamos como sociedad. (Tema que compartiré en otro momento)

Volviendo a mi experiencia, debo decir que fue un alivio saber que lo que me pasaba tenía nombre y tenía un tratamiento. Y aunque en ese momento no tenía idea exacta de a qué me estaba enfrentando exactamente, decidí darle batalla.

Con el tiempo me di cuenta de que pasaba el duelo y la intrusa no se iba. Las cosas marchaban normalmente bien, y ella seguía allí. La depresión parecía decidida a quedarse. Para ese entonces ya tenía experiencia no solo con la medicación antidepresiva, sino también con la psicoterapia, todo lo cual ayudaba mucho, pero por alguna razón sentía que no eran la solución que necesitaba.

Algo más estaba pasando, pero no sabía qué era.

Un día luego de tantas mudanzas, un nuevo psiquiatra hizo la observación: «Si tu madre tenía los síntomas, aunque no fue diagnosticada, y tu abuela sufrió depresión, y fué tratada por ello, podríamos estar hablando de una tendencia química hereditaria a la depresión». Eso tenía sentido, especialmente cuando para ese entonces ya había comprobado que ni siquiera un cambio rotundo de actitud hacia la vida me dejaba fuera de el juego siniestro de esta intrusa.

Entonces entendí que en mi caso, circunstancias como el fallecimiento de mi madre, entre otras, fueron solo el detonante de algo que ya tenía en mis genes, dormido pero estaba. Entendí también que la psicoterapia, la medicación, un cambio de estilo de vida, y un cambio de actitud eran excelentes aliados, pero no curarían mi depresión.

Entendí que esta intrusa no llegó a mi vida, siempre estuvo allí, latente, esperando la oportunidad para dejarse ver. Entendí que si bien ella seguirá estando, depende de mí el lugar que le voy a dar. Entendí que si lo pienso bien, esta intrusa me enseñó muchas cosas que necesitaba aprender. Voy a compartirte algunas de ellas:

  • Amarme tal cual soy.
  • No compararme con nadie. Tengo características propias y únicas.
  • Respetar mis tiempos y ritmos personales, y hacerlos respetar.
  • Cuidar mi espacio personal, que tiene que ver con lugar propio y tiempo para mí.
  • Cuidar mi salud física, mental y espiritual poniendo en práctica los ocho remedios naturales.
  • Administrar sabiamente mis energías personales.
  • Poner prioridades correctamente y entender que hay cosas que pueden esperar.
  • Aprender a decir NO cuando no tengo tiempo, o ganas, o energías, sin sentirme culpable.
  • Cultivar una fluida y genuina relación personal con Dios, libre de estereotipos.
  • Cultivar una relación cálida con mi familia y allegados donde los abrazos son una necesidad suplida y satisfecha.
  • Cultivar una actitud positiva a toda prueba.
  • Ser agradecida independientemente de las circunstancias.

Como te decía al principio, nadie presume de esta enfermedad. Y, créeme, pensé mucho tiempo, meses en realidad, antes de decidirme a compartir mi experiencia personal. Si lo hago es con el único objetivo de llegar lo más cerquita posible a tu dolor, sentarme a tu lado y conversar sobre el tema, con mi brazo virtual sobre tus hombros para darte ánimo y decirte que se puede salir adelante, incluso se puede ser feliz a pesar de la lucha con esta enfermedad y con cualquier otra. Ya hablaremos más de esto en otra ocasión.

«Pacientemente esperé a Jehová, Y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; Puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto muchos, y temerán, Y confiarán en Jehová».

Salmos 40: 1-3

Si esta intrusa llegó a tu vida, si está haciendo tus días más difíciles, no te asustes, no te angusties, tu mandas, sigues siendo dueño de casa. Aprende a verla como una oportunidad de aprendizaje, especialmente el aprendizaje de tus tiempos, tus ritmos, tus necesidades, y ponerte un poquito como prioridad sin sentirte culpable.

Con la ayuda de Dios esto también será para tu propio crecimiento.


Lore Burgos

Mi nombre es Lidia Lorena Burgos. Soy Licenciada en Psicología General. De nacionalidad argentina. Felizmente casada hace 26 años y madre de 4 hijas maravillosas de 26, 22, 18 y 14 años. Actualmente resido en la Provincia de Neuquén, Argentina. Me apasiona escribir artículos, trabajar en radio, y brindar charlas educativas a la comunidad en mi área. Mi motivación es el servicio y mi lema "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece". Filipenses 4: 13

8 commentarios

Gustavo Firpo · 24/09/2020 a las 12:02 am

Muy cierto , yo pelee y conocí está intrusa ,después de mis cicuenta años!
Y no me avergüenza decirlo! Pues en un mundo tan loco y falta de gestos honestos y humanos …
DIOS ME DA FUERZAS PARA SUPERARLO !!!
GRACIAS POR SU HONESTIDAD! DIOS BENDIGA SU LABOR Y TODA SU FAMILIA!!

    Lore Burgos · 24/09/2020 a las 12:15 am

    Así se habla¡Buena actitud Gustavo! Y es tal cual, Dios da las fuerzas necesarias para cada día. Un abrazo.

kiara · 25/09/2020 a las 11:56 am

Es muy bueno escuchar experiencias y tambien datos sobre esta «intrusa» para poder identificar en personas que nos rodean y hacer un cambio de actitud cuando la tienen y no ayudar a empeorar la situacion. Gracias!

    Lore Burgos · 25/09/2020 a las 1:05 pm

    Así es Kiara. Muy importante aprender sobre el tema para ayudar correctamente. Bendiciones.

Mariana · 27/09/2020 a las 11:37 am

EXELENTE. GRACIAS POR ESTAS PALABRAS. REALMENTE LAS NECESITABA..

    Lore Burgos · 27/09/2020 a las 4:29 pm

    Un abrazo Mariana. Bendiciones.

Nestor · 28/09/2020 a las 5:53 pm

Estoy viviendo una depresión severa, realmente no veo la salida. Quisiera que el Salmo 40:1-3 fuese verdadero y real en mi vida, daria mi alma para que así fuese, pero parece que DIos se ha olvidado de mi, me ha abandonado en esta depresión.

    Lore Burgos · 29/09/2020 a las 8:46 pm

    Mi querido Néstor, gracias por comunicarte. Dios no se olvida de tí ni de ninguno de nosotros. El sufre contigo, a tu lado, solo que en nuestras horas oscuras no logramos verlo. Te animo a perseverar aunque no veas, aunque no sientas, porque te puedo asegurar por experiencia propia que vas a salir de este pozo y vas a repetir el salmo 40 con tus palabras, desde tu propia vivencia. Busca ayuda profesional si aun no lo has hecho. Es de gran ayuda. Un abrazo.

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